La llamada insiste

Van a dar las diez de la noche y el teléfono no ha dejado de sonar en todo el día. Notificaciones, mensajes, una llamada que no cogiste y que ahora te pesa. Has respondido a todo, o casi todo, y sin embargo tienes la sensación extraña de que, en medio de tanto ruido, nadie te ha llamado de verdad. Nadie ha pronunciado tu nombre —el tuyo, no el de tu cargo, ni el de tu papel en la familia, ni el de la etiqueta que llevas puesta desde hace años— y se ha quedado esperando una respuesta.

La palabra «vocación» viene del latín vocare, llamar. No es casualidad que la tradición cristiana haya elegido justamente esa palabra para hablar de lo que somos llamados a ser. Antes de ser una decisión, la vocación es una llamada; y antes de responder a ella hace falta, sencillamente, oírla.

Hay un relato antiguo, el del joven Samuel, que sigue siendo incómodamente actual. Samuel dormía en el templo cuando escuchó una voz que pronunciaba su nombre. Se levantó y corrió hacia Elí, el sacerdote, pensando que era él quien lo llamaba. «Yo no te he llamado, vuelve a acostarte», le dijo Elí. Ocurrió una segunda vez. Y una tercera. Solo entonces Elí comprendió lo que estaba pasando y le enseñó a Samuel qué responder si volvía a oír la voz: «Habla, que tu siervo escucha.» Tres veces hizo falta para que un muchacho que dormía a pocos metros del lugar más sagrado de su pueblo reconociera que le estaban llamando por su nombre.

Si a Samuel le costó tres intentos estando prácticamente dentro del templo, no debería sorprendernos que a nosotros nos cueste más, viviendo como vivimos rodeados de todo tipo de voces que reclaman nuestra atención. Confundimos la llamada con la exigencia de un jefe, con la culpa que arrastramos desde hace tiempo, con la comparación que hacemos de nuestra vida con la de otro. Corremos hacia la voz equivocada, como Samuel corrió hacia Elí sin ser él quien llamaba, y cuando no encontramos respuesta ahí, concluimos que nadie nos estaba llamando en realidad.

Pero la llamada insiste. No suele venir con un nombre escrito en luces de neón ni con una señal inconfundible; llega, casi siempre, como una inquietud pequeña que vuelve una y otra vez, como una pregunta que no se apaga por mucho que la aplacemos, como ese instante —a veces en misa, a veces lavando los platos, a veces en el silencio antes de dormir— en que algo dentro de ti se queda quieto y escucha.

Esta semana te proponemos algo sencillo: un momento, aunque sean cinco minutos, en el que apagues las notificaciones y no busques nada, ni siquiera una respuesta. Solo estar disponible, como Samuel aquella tercera vez, por si tu nombre vuelve a sonar. No hace falta saber de antemano quién llama ni qué te va a pedir. Hace falta, primero, estar dispuesto a decir: «Habla, que escucho.»

Si después de ese silencio te quedan preguntas —y es muy probable que te queden—, no tienes que resolverlas solo. Escríbenos por WhatsApp al +34 669 122 958 y te acompañamos a seguir escuchando.

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