¿Para qué estoy aquí?
Hay preguntas que no se responden una sola vez. Se responden cada mañana, con cada decisión pequeña, con cada gesto que elegimos repetir o abandonar. «¿Para qué estoy aquí?» es una de ellas, y quizá la más incómoda, porque no admite una respuesta prestada. Podemos escucharla en una homilía, leerla en un libro, encontrarla escrita en la vida de otro que admiramos, pero la respuesta verdadera, la que nos pertenece, solo aparece cuando nos atrevemos a bajar, a bucear, dentro de nuestra propia existencia.
Vivimos, casi sin darnos cuenta, en la superficie de nosotros mismos. La superficie es cómoda: allí están las rutinas que funcionan, las etiquetas que nos definen ante los demás, las respuestas que ya dimos una vez y que repetimos por inercia. Pero debajo de esa superficie —a veces a poca profundidad, a veces mucho más abajo de lo que imaginamos— hay algo que insiste, que no se conforma, que sigue preguntando aunque llevemos años sin escucharlo. A eso, quienes creemos que la fe es algo más que una serie de prácticas, lo llamamos vocación.
La vocación no es un dato que se nos entrega ya resuelto, como una etiqueta cosida en la ropa. Es más bien una llamada que hay que aprender a oír, y que casi siempre habla bajo, entre el ruido de las tareas urgentes y las expectativas ajenas. Por eso buscarla exige lo mismo que exige el buceo: contener la respiración, dejar atrás por un momento la superficie luminosa y familiar, y aceptar la oscuridad relativa de mirar hacia adentro sin la certeza de lo que vamos a encontrar. No todos están dispuestos a ese descenso. Es más sencillo quedarse flotando, dejando que la corriente decida por nosotros.
Y sin embargo, cuando alguien se anima a esa inmersión, suele encontrar algo parecido a esto: que su vida no es una sucesión de casualidades, sino una historia con una dirección que él mismo, muchas veces, no había terminado de nombrar. Encuentra heridas que explican elecciones, deseos que sobrevivieron a los años, momentos en los que se sintió más vivo y más él mismo que en ningún otro. Encuentra, también, resistencias: todo lo que preferiríamos no ver, las comodidades que no queremos soltar, el miedo a que la respuesta nos pida más de lo que estábamos dispuestos a dar.
Buscar la propia vocación no es, entonces, un ejercicio de introspección aislado, como quien resuelve un acertijo a solas. Es un diálogo. Se bucea acompañado —por quienes ya hicieron ese mismo descenso, por una comunidad que ha aprendido a nombrar lo que encuentra ahí abajo, por una tradición de fe que durante siglos ha ayudado a otros a distinguir lo que es ruido de lo que es llamada—. Y se bucea, sobre todo, en oración, porque solo desde ahí la pregunta deja de ser un examen que nos hacemos a nosotros mismos y se convierte en una escucha: alguien nos habla desde el fondo, y lo que buscamos no es tanto una respuesta como un rostro.
Quizá tú, que has llegado hasta esta línea, reconozcas algo de esto. Tal vez notas, desde hace tiempo, una inquietud que no encaja del todo en la vida que llevas; o tal vez todo lo contrario, una paz que querrías entender mejor para poder nombrarla y agradecerla. En cualquiera de los dos casos, lo primero no es tener la respuesta. Lo primero es animarse a bajar.
En los próximos artículos queremos acompañarte en ese descenso: contarte una historia concreta de vocación, la de una familia que durante siglos ha entendido la llamada como una forma muy particular de estar en el mundo, de rezar y de servir. No para que llegues a una conclusión antes de tiempo, sino para que tengas, mientras sigues buceando en tu propia vida, un poco más de luz con la que mirar.
Y si en algún momento de ese buceo prefieres no ir solo, si te apetece hablar con alguien que pueda acompañarte a poner en palabras lo que vas encontrando, escríbenos por WhatsApp al +34 669 122 958. Estaremos encantados de acompañarte a responder tus preguntas.