David García, Testimonio de bondad

El día que cumplí los 26 años llegué a nuestra comunidad de Salamanca, donde entonces estaba la casa de formación. Me invitaron a vivir la Semana Santa con los 14 jóvenes que se encontraban en el estudiantado de la entonces Provincia de la Inmaculada. Recuerdo que a la estación de autobuses, que dista del convento 50 metros, llegó además del P. Willmar Guiral, entonces promotor de vocaciones, otro religioso joven y muy sonriente y decididamente amable. Esa es la primera vez que vi a David en mi vida.

Aquella semana primera en la comunidad fue horrible para mí, la pasé con una gastroenteritis fortísima y metido en la cama (yo creo que fue fruto de los nervios, la decisión de entrar en la Orden suponía mucha tensión en mi vida). Aquel madrileño de Alcorcón no dejó un momento de preocuparse de mí, de acercarse para saber si necesitaba algo y de estar atento ante aquel huésped que apenas podía sumarse a las actividades de la casa. Me causó muy buena sensación, me cayó muy bien.

Cuatro meses después, en septiembre de 2004, me acercaba mi padre a Salamanca para empezar el Postulantado. Esta vez también nos salió a la puerta David García García-Rico. Nos ayudó con las maletas y nos ofreció un refresco y “unos pastelitos”, “que el viaje habrá sido largo” nos decía. Desde aquel momento ya David y yo no hemos perdido contacto, cosa que agradezco al Señor. Mi año de postulantado fue su último en la Facultad de San Esteban en Salamanca, así que pude convivir con él.

Éramos 16 los que estábamos en las etapas formativas que se daban cita en la casa. La convivencia entre nosotros era buena, aunque no exenta de las tensiones normales que se dan en los grupos de jóvenes en formación. Allí pude conocer más de cerca a David. Pude compartir muchos momentos y verle en su vida habitual. Aquellos años también tuve la dicha de convivir con hermanos mayores, entre otros con el P. José Gamarra quien tanto bien me hizo. Entre David y Gamarra hay un hilo de oro que mantiene vivo el “depósito” de santidad con el que el Señor ha enriquecido la Orden Trinitaria.

Quizás os parezca exagerado lo que digo, pero no es así. Recuerdo que todos los formandos de la casa solíamos decir entre nosotros (aunque a David nunca se lo decíamos, como es obvio) que si David muriera siendo estudiante, todos impulsaríamos la introducción de su Causa de Canonización en Roma. Este fraile trinitario es tan bondadoso, humilde y servicial que nadie dudaba de su santidad; encontrarte con él es siempre un acontecimiento que te lleva a seguir creyendo en la bondad de la Vida Consagrada.

Desde entonces han pasado más de dos décadas y sigo diciendo que cada vez que me encuentro con el P. David, por su talante de vida, el Señor me vuelve a recordar que me trajo a la Orden Trinitaria para “caminar en su Santidad”. Reconozco sinceramente que este hermano mío “me denuncia” mi mediocridad. Gracias, hermano David, por dejarte hacer por Dios.

Koldo Alzola

Anterior
Anterior

Aurelio Gil, hermano que construye comunidad

Siguiente
Siguiente

Antonio Elverfeldt, el alemán, enamorado del Signum Ordinis